Las
calles de Lavapies siempre tuvieron su encanto, o eso dicen.
Madrid
y sus calles llenas a reventar de desconocidos y de repente apareció
él.
Lo esperaba nerviosa, sin tan si quiera saberlo.
La
luna asomaba la nariz de toda su plenitud y yo tenía algo de frío.
Allí
estaba, venía andando al son de mis latidos y le dí un fuerte
abrazo.
Que alegría que la vida nos juntase de nuevo!
De
tanto hablar, se nos secaron las bocas y tuvimos que ir a
hidratarnos. Y es que el mundo se hizo pequeño para todo lo que
necesitavamos expresar. Madre mía!
Ya
era tarde, así que buscamos algo para comer, teníamos que coger
fuerzas para toda la vida que nos venía detrás.
Algo típico de
Madrid, un local para otro local.
Las
luces se fueron apagando y me acompañó hasta mi piso, aunque
conozco a la perfección las calles del barrio, le dio miedo que me
perdiese.
Que ironía, si supiera que me había perdido en el momento
que le dí la mano.
Mi
almohada y el libro de la mesita era de lo mejor de la ciudad, aunque
él estaba como distraído. Soñamos a ser chinos con nuestros pulsos
y el cielo nos dio las gracias por el respeto guardado como seres.
Tu me entiendes? - le dije.
Desde
el otro lado, en la oscuridad, le llamaba en silencio.
Ven,
ven a mí – le decía.
Creo
que es un poquito sordo, porque le gritaba con el alma.
Entre
sabanas y sueños, me desveló su nariz pegada en mi nuca,
enganchado al aroma de mi cuerpo e inventando historias desde las
colinas de detrás de mis orejas.
Estaba perdida, pero sentía un
gran placer de notar como entre sus manos y mi piel se creaba el más
bello terciopelo.
Las llamas del fuego de aquella habitación
empezaron a crecer hasta el punto de haber recorrido todo su cuerpo
con mi aliento.
Que maravilloso sentido el del tacto!
Y que
maravilloso él, gimiendo de placer por la calidez de mi boca entre
sus piernas.
Fue bonito ver como le ayudaba a escalar aquella alta
montaña y celebrar entre risas y con la boca llena la culminación
del pico de esta.
La
comodidad, la naturalidad y el amor eran los tres soles de aquel
encuentro.
Podía ser posible?
Todo así?
Regalado por el simple
hecho de haber aceptado ser, existir?
Todo
descanso tiene su merecido, y así resurgió el fuego.
Su
boca, hambrienta, iba mordiendo sin discriminación alguna.
Sus
manos, con olores afrodisíacas, recorrieron todos mis pliegues y
arrugas.
Y desde el trono de la Diosa, pude viajar a través del
cosmos por unos segunditos.
Con él.
Aún
recuerdo la despedida.
Fue extraño decir un adiós sin creerlo de
verdad.
Fue extraño como mi cuerpo se agitaba al recordar el aroma de
su piel.
Y siguió siendo extraño hasta el día de hoy, que aún
puedo oler las notas de amor que sonaron en aquella unión.
Ese será
el encanto de las calles de Lavapies que hablan?





