La
redonda dando vueltas como siempre,
se paró en seco al toparse
con
las palabras del cuadrado.
Freno,
freno de golpe.
Por
dentro creía haber sentido la necesidad
de tocar las esquinas del
cuadrado
pero al ser tan redondita
le dio miedo pincharse.
Ella
sabía las heridas de él
y él era conocedor de las debilidades de
ella.
Le dieron tiempo al tiempo
hasta el punto de que este se acabó.
Jugaban, creaban, se motivaban, se sanaban,
tenían una conexión
hermosa.
La
flor de loto se abrió en el momento
en el que él decidió tocar las
curvas de ella.
¿Qué
sentido tiene no probar sus esquinas,
si quizás ya me lo he
imaginado?- pensaba la redonda.
Así
que rodó por los ángulos
del hermoso cuerpo que tenía debajo.
Podía sentir como se hinchaba y humedecía
a lo largo de las
caricias
que sus manos cuadradas le ofrecían.
Eran suaves, con
respeto y amorosas.
Algo que a ella le encantó.
Siguió
rodando
hasta coincidir con su hermosa boca cuadrada
y ella le metió
la lengua para ver que pasaba
al conectar sus salivas.
Alguien me
contó que les gustó,
porque lo hicieron muchas veces más.
El
cuadrado sorprendido de lo que le gustaban las curvas de ella,
no
pudo parar de abrazarla fuerte.
Era
asombroso como no habían encajado antes!
Ella,
como buena redonda,
le dio la vuelta a la situación
y comenzaron a
sincerarse las almas
bailando entre sonidos de goce, miradas y
pasión.
Aún
así,
no entendía cual fue el giro acertado
para que una redonda y
un cuadrado
pudieran amarse sinceramente durante un instante.
ABRIL 2018

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