Me encontré un
zapato y una rama de palmera,
sentía su compañía
ausente.
Era como estar
metida en un saco de dormir
sin cerrar la
cremallera,
notas el calor, pero
te inquieta el frío.
Lo notaba de una
forma rara,
cerca pero cada vez
más lejos.
¿Quién sabe si era
yo la que se iba alejando?
La purpurina no olía
a magia,
aunque si dejó un
bello rastro de esencia de amor.
Era lo único que
sabía, que lo hacía por amor.
Por amor a él, por
amor a mi, por amor a el regalo de estar viva.
Era aceptación, era
respeto, era entendimiento pleno.
Aunque en la sombra
la pena y la impotencia de no sabernos libres
me acechaba
fríamente en los instantes de debilidad.
Y le explicaba al
zapato como es posible
sentir tan opuesto y
tan complementario a la vez.
Tengo que decir que
aunque era de charol, brillante, justamente,
ese adjetivo no lo
tenía a la hora de expresarse conmigo.
La hoja de palmera
estaba seca,
imagínese todo lo
que ha llorado, pobrecita.
A ella le escribía
sonetos en clave de ternura.
Pasamos muchos ratos
en soledad, los tres,
momentos en los que
te das cuenta lo importante
que son las
experiencias compartidas aunque sean de un sólo instante.
Momentos en los que
un sólo abrazo
te recomponen el
espíritu para seguir adelante.
Y costaba, pero lo
vamos consiguiendo, suavemente...
(IMAGEN: GOLUCHO (1940) / AMANECERES SIN LUZ)

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